La tele por la tocha
Drogas en las series

La tele por la tocha

Los últimos 14 años han sido algo así como el Mayo del 68 químico para la ficción televisiva. Vaya que se han puesto todos finos catalinos y nosotros que lo hemos presenciado en primera fila, sin necesidad de ajustar los binoculares. El tráfico y sobre todo el consumo de drogas eran asuntos que en las series se tocaban con pulso tembloroso, puntero láser y a Dios gracias. Siempre desde una perspectiva negativa, aleccionadora. No obstante, de un tiempo a esta parte los héroes reluctantes de las cadenas por cable han comenzado a esnifar, pincharse, ingerir y fumar toda la mierda habida y por haber. ¿Qué coño ha pasado con nuestros ídolos? ¡Drogas, sí!

La magnitud del fenómeno acojona lo suyo. Basta con echar un vistazo a los transeúntes durante 10 minutos para detectar en la pechera de docenas de adolescentes la omnipresencia de un señor con sombrero, bigote y gafas de sol. Responde al alias de Heisenberg y es un traficante de drogas a gran escala, un puto capo de la metanfetamina que la televisión ha convertido en un icono pop equiparable al logo de Ramones, la cara del Che o los calcetines blancos de Michael Jackson en movimiento. Me pregunto cuántos padres son conscientes de que han comprado a sus hijos una camiseta que glorifica a un lord del cristal, un dealer masivo con sobrante de cadáveres en el armario que se sumerge en un estilo de vida salvaje, al borde de la insania.

La brutal penetración del protagonista de Breaking Bad en el inconsciente colectivo pop es el final del pulso salvaje que las series de televisión le han echado a la moral antidrogas en los últimos diez años. Ha ganado el Caos. Nuestros caóticos héroes catódicos ya no responden a ideales de superación, no intentan arreglar el mundo, no buscan la redención a través de la justicia; son tiempos de sálvese quien pueda y maricón el último, y en esta tesitura, los estimulantes se han erigido en el combustible más feroz de las principales cabeceras para adultos.

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Heisenberg. El antihéroe perfecto para liderar un siglo XXI abocado al delirio. La suya es una marca que confiere a los fans un halo de hijoputez molona, un regusto a take a walk on the wild side que lo flipas. Aquí tenemos a un señor gris, insustancial y apocado que sufre una transformación radical. Jekyll y Hyde. Una vida familiar impecable y una vida laboral encajada en el sistema se convierten, por mor de una masa cancerígena pulmonar, en un foxtrot descalzo por el filo de la cuchilla. Una pesadilla de metanfetamina y zombies poblada de narcos, asesinos, agentes de la DEA al acecho, mejicanos locos y yonquis apestosos, yonquis traicioneros, yonquis desdentados…

“Las células del telespectador, convertido en un adicto sin saberlo, se retuercen de dolor entre chute catódico y chute catódico, del mismo modo que un cocainómano solo piensa en meterse una raya, entre raya y raya”

Breaking Bad es la postulación del tráfico como modo de vida rápido, la coronación de la velocidad suicida frente al “me gusta conducir”. ¿Qué resulta más atractivo, un padre de familia cansado de sí mismo con una vida menos excitante que la de un tresillo barato, o un Kayser Soze de la metanfetamina capaz de cagarse en tu cabeza y desafiar a monstruos como Tuco para conseguir su maldito objetivo? En esta tesitura de nuevos emprendedores del estupefaciente, también Weeds ha dejado huella, no tanto por hacerle una autopsia a la poderosísima cultura del cannabis en Estados Unidos, como por airear las vísceras del negocio de la venta de marihuana a pequeña y gran escala, y mostrar la transformación de Nancy Botwin, un ama de casa cualquiera, en una traficante del copón. Foxtrot en el filo. Jekyll y Hyde otra vez. Pisar el acelerador y amasar pasta fácil cuanto antes. Es el camello presentado como un Hércules que va superando montañas de trabajos imposibles, sorteando el acoso de competidores y agentes la ley, luchando contra el peso de sus propios actos amorales. Así se forjan los nuevos emprendedores en el Lado Oscuro: el coolness en 2014 se llama Heisenberg.

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En estos tiempos de descomposición y aceleración del tiempo, hay que ir a los sitios a toda leche, vivir a toda leche, follar a toda leche, y la series para adultos se han puesto (nos han puesto) hasta las cejas de mierda para aguantar el ritmo; se han rendido al glamour abismal de los estupefacientes. Es como si hubieran descubierto que todos tenemos un drogadicto durmiente flotando en nuestro sistema circulatorio y sólo hacía falta despertarlo a golpe de excesos estroboscópicos.

Las drogas hacen rugir el motor de las series. Y no sólo en el ámbito de la compra-venta se han erigido cabeceras catedralicias para la pequeña pantalla (The CornerThe Wire, como ejemplos más indiscutibles de utilización de la droga como vehículo para la crítica social). El consumo recreacional y la dependencia ya no son patrimonio de personajes secundarios a los que hay que salvar o villanos autodestructivos, ahora son los héroes quienes meten la nariz y, coño, no dejan ni los restos para los demás. De hecho, cuantos más problemas con los estupefacientes sufran y más horadadas tengan las napias, más atractivos resultarán los protagonistas. En las nuevas series para adultos, es imperativo legal que los personajes principales se metan de todo y sin cargo de conciencia. Sus adicciones son nuestro alimento; su caída nuestro júbilo.

El cirujano plástico Christian Troy esnifándose una clencha de palmo en la espalda de una rubia cachonda antes de embestirla a lo loco. Chris Moltisanti compaginando el jaco y la nieve como quien cambia de camiseta. John Thackery pidiéndole a una chica que le pinche cocaína líquida en los huevos. Los protagonistas de True Blood ciegos como ratas, bombeando como perras enceladas con el V-Juice. Tormentas de farlopa y ventiscas de cogollos inundando las escenas más memorables de Californication. Wilfred chupando una pipa de marihuana todo el puto día. Los críos de Skins viviendo en un amnios de éxtasis y alucinógenos Jesse Pinkman hasta el culo de metanfetamina jugando a la Xbox con una montaña de desconocidos desplomados en su salón. La enfermera Jackie Payton machacando analgésicos para paquidermos y metiéndose una loncha de esa mierda en el mismo hospital donde trabaja. Incluso la televisión generalista ha tenido grandes drogadictos en el hit parade. Me refiero por supuesto a Gregory House: un yonqui irredento de la Vicodina, farmacopea legal para apaciguar a los censores, pero droga de la buena al fin y al cabo.

– Vídeo: House y su buena mierda

Las drogas cotizan a la alza en la tele. Las escenas más recordadas de algunas de las mejores series para adultos de la actualidad tienen algún estupefaciente como protagonista. El apego de la ficción televisiva a los estados alterados de conciencia trasciende el capricho y adquiere la forma de un loop enfermizo del que resulta posible escapar, pues se presenta a la retina humana como un chute dentro de otro chute, metadroga. Hace poco, un estudio determinaba que las series responden a los mismos mecanismos de seducción y enganche que las drogas. Las células del telespectador, convertido en un adicto sin saberlo, se retuercen de dolor entre chute catódico y chute catódico, del mismo modo que un cocainómano solo piensa en meterse una raya, entre raya y raya. Que la droga cultural definitiva se alimente de drogas y drogadictos en abundancia para endrogar todavía más al drogota seriéfilo es la fórmula más mareante y maquiavélica que ha dado la industria del entretenimiento en eones. El loop definitivo. Nosotros nos drogamos viendo a Thackery drogándose, y lo hacemos en un descenso turbulento al acabose que incrementa su velocidad exponencialmente a medida que pasan los días. Aumenta la entropía, aumenta la celeridad, las horas son minutos y solo nuestros cerebros convenientemente sobreexcitados por toneladas de estimulantes podrán soportarlo: en las series de televisión hace tiempo que han entendido que si esto se va a la mierda en dos Telediarios, mejor llegar a la línea de meta con el colocón del siglo. No queda otra.

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Escrito por Óscar Broc en noviembre 2014.

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