La feminidad al desnudo
‘Big Little Lies’ y ‘Feud’

La feminidad al desnudo

Las mujeres de 'Big Little Lies' y 'Feud' se enfrentan a sí mismas, entre ellas y al mundo que las rodea. Ciao costumbrismo femenino, hola ficciones de género y dramas históricos donde las mujeres no son novias, enfermeras o Blair Waldorf.

Si le habéis echado un repasito a la lista de nominaciones de los Emmy habréis comprobado que las series con protagonistas femeninas están cada vez más presentes en el panorama televisivo de calidad. De hecho, está pasando algo más que eso. Las series con mujeres ya no son, por fin, necesariamente para mujeres. Este target específico ya no es símbolo de menor calidad. Existen grandes ficciones como Girls que aunque muchos -y sobre todo muchas- quieran negarlo, están pensadas para un público, en esencia, femenino. No entremos en pánico. Esto no quiere decir que una serie de este tipo no pueda resultar interesante también para los hombres, pero venga, el propio título nos lo está diciendo: GIRLS.

Sin embargo, dos miniseries como Feud y Big Little Lies van mucho más allá. Nos alejamos para siempre de ese terreno dramedia de chicas-que-viven-y-hacen-cosas. Ciao costumbrismo femenino, hola ficciones de género y dramas históricos donde las mujeres no son novias, enfermeras o Blair Waldorf. Atención, que una buena dramedia sobre las vidas corrientes de las aquí presentes mola, pero lo otro también, y hasta ahora estaba caro de ver.

Lo curioso es que no hace falta que las mujeres que se representan en estas series sean policías o políticas -eso ya lo hacen muy bien los nórdicos-, qué va, con dos o tres madres de familia nos basta. Qué topicazo, ¿no? Al revés. Y si no que se lo pregunten a David E. Kelley, creador de Big Little Lies, una serie-iceberg protagonizada por tres “amas de casa” con más densidad emocional que la población de China. Una serie de misterio que gira en torno a un crimen y que, sin embargo, habla más y mejor de asuntos femeninos que muchas series diseñadas para ello. Como si la conciliación laboral o el maltrato fueran eso, asuntos femeninos, y no un tema de primer orden tal que la búsqueda de la identidad sexual o el racismo, por ejemplo. ¿Pensabais que trataba de moda y salseo sentimental, eh? No, esa es Pretty Little Liars. Es un error comprensible.

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Las tres protagonistas de Big Little Lies son mujeres que han convertido a la familia en su ocupación principal y para ello han abandonado parcial o totalmente su carrera profesional. La antagonista, interpretada por Laura Dern, es una empresaria de éxito además de madre y esposa, y ya se encarga la serie de recordarnos cómo sufre por ello.

Celeste -una increíble Nicole Kidman– es el personaje más complejo. Una mujer de superficie frágil y fondo resiliente. Parece una madre de familia satisfecha y, sin embargo, es una abogada de éxito atrapada en el cuerpo de un ama de casa. En ella, la belleza se convierte en un lastre que su talento debe cargar. Su vida nada en las aguas más claras, aquellas que ocultan monstruos en las profundidades. De alguna forma, recuerda a la Joan Crawford que retrata Jessica Lange en Feud. Ambas mujeres son o han sido víctimas de una violencia que está marcando su vida, una violencia “justificada” por su belleza, que a la vez es su protección, como si esta fuera un cristal opaco tras el cual se esconden dos supervivientes a las que pocos ven más allá de su fachada. El lujo que las envuelve, ya sea el de un pueblo privilegiado de la costa oeste o el del Hollywood dorado, es una cortina de humo que esconde sus miserias.

Porque de eso es de lo que habla Feud, entre otras cosas. Del torbellino de soledad y sacrificio que se esconde tras las pantallas en Technicolor. Para ello, Ryan Murphy (creador también de American Horror Story) se centra en la eterna enemistad de dos de las grandes, Bette Davis y Joan Crawford, dos caras de la misma moneda tan opuestamente iguales que no tuvieron otro remedio que odiarse durante toda su carrera. También habla de la renuncia a la familia en pos de una vida de estrella, es decir, de la imposibilidad de una conciliación laboral desde la óptica opuesta a Big Little Lies. Ambas series parecen decirnos: “o tienes una carrera exitosa o una familia, pero las dos cosas, y las dos cosas bien, ya puedes ir olvidándote, bonita”. Entre Joan Crawford y Bette Davies sumaron ocho maridos, tropecientos amantes y unos cuantos hijos descontentos. Ahí es nada.

feud 2 La feminidad al desnudo náyade gomez

Susan Sarandon, que interpreta a Bette Davis, ofrece esa otra cara de la moneda. Una actriz faro de su época, de cuyo talento nadie dudó nunca, pero que siempre sintió una carencia, la de no ser suficientemente atractiva, suficientemente mujer. Irónica, combativa y con una costra más dura, Davis ofrecía una imagen moderna y luchaba con otro tipo de armas. Sus demonios no fueron tan oscuros como los de Crawford, que llevaba batallando contra ellos desde la niñez. De todas formas, las dos actrices sufrieron a su manera la dentellada de Hollywood y, llegada su madurez, la misma mordedura final. El star system condenaba a las estrellas femeninas al ostracismo y al olvido una vez las arrugas comenzaban tomar las riendas. El tiempo pasó y ambas vieron cómo los focos se retiraban. Es justo ahí donde pone la cámara Feud, en el rodaje de Qué fue de Baby Jane, su única película juntas además de su última gran producción; su particular ‘Crepúsculo de los diosas’.

Y por fin viene cuando voy a meter a los hombres en el ajo, cómo no hacerlo, si están ahí, igual que lo estamos nosotras. Spoiler para la tranquilidad de muchos: esto no es ningún alegato feminista, al revés. Básicamente voy a hablar de cuán hijas de puta podemos llegar a ser entre nosotras y la poca comprensión que nos profesamos las unas a las otras. Porque ese es el otro gran tema de las dos miniseries. Cierto es que vivimos en un mundo de hombres, eso no se puede negar, solo hay que ver cómo para ellos es mucho más fácil combinar familia y carrera y lo poco que les afecta el paso del tiempo en cuanto a conseguir papeles protagonistas se refiere. Son cánones contra los que hay que luchar, sí, pero para eso hay que empezar por dejar de tirarse de los pelos, algo que se nos da muy pero que muy bien. Ahí los hombres nos llevan una ventaja abismal. El Bro Code tiene bastantes más capítulos que el Sis Code. Ah espera, que el segundo no existe.

“Ambas pudieron aliarse, y de hecho lo intentaron, pero su lucha personal siempre estuvo por encima”

Joan Crawford y Bette Davis son el gran ejemplo. Ambas pudieron aliarse, y de hecho lo intentaron, pero su lucha personal siempre estuvo por encima. Ambas querían ser más bella que la otra, más talentosa y mejor que la otra, y que el mundo, pero sobre todo la otra, lo reconociera. En gran parte, fue esa animadversión la que las empujaba a ser mejores. Los hombres que dominaban los estudios por aquel entonces lo sabían, y se aprovecharon de ello, potenciando esa disputa (“feud“) en su propio beneficio. Como Jack Warner le dice a Robert Aldrich cuando están visionando material rodado de Qué fue de Baby Jane, “cuanto más se odian, cuanto más intentan aplastarse entre ellas, mejor lo hacen”.

El personaje de Madeline en Big Little Lies, interpretado por Reese Witherspoon, tiene el carácter combativo y dominante de Bette, y como ella, Madeline intenta esconder su vulnerabilidad y nunca mostrar su lado sensible, ese lugar donde pierde el control. Bette Davis se sentía inferior a Katherine Hepburn y Madeline sufre lo mismo con Bonnie, la actual mujer de su exmarido, más joven, más sexy y más amiga de su propia hija. Así que ataca para proteger esa coraza, resultando a veces una verdadera arpía. Forma alianzas y fomenta enemistades, vive en un continuo conmigo o contra mí, y lo hace sin dejar de ser simpática. En ocasiones, representa lo peor de las mujeres, igual que el personaje de Laura Dern, su némesis.

marido big litle lies La feminidad al desnudo náyade gomezEn Big Little Lies, el marido de Celeste -interpretado de lujo por Alexander Skarsgård– es el personaje masculino que focaliza el mal, el símbolo de la dominación masculina contra el que se tienen que alzar las mujeres. O eso parece que nos están diciendo. Sinceramente, no me gusta el concepto. Este tipo de hombre existe, sí, y la sociedad debería encargarse de erradicarlo, además de que el personaje funciona genial para tratar la violencia de género de la forma más compleja y delicada que he visto jamás. Pero que resulte un malo malísimo quasi psicópata que sirve para que, uy, de repente, todas se unan por la causa, pues no. Y eso que es un monstruo encantador y atormentado. Podría hablar mucho de los personajes masculinos de Big Little Lies, pero hoy no toca.

Existe un gran problema, y es solo nuestro y de nadie más. La solidaridad intragénero no la llevamos muy a la orden del día. Es cierto que a veces nos dedicamos a pegarnos mordiscos sin darnos cuenta de que la sociedad -¿el famoso heteropatriarcado?- nos tiene atadas de pies y manos, pero nosotras ahí, echándonos baba y sin mirar para el otro lado, como Joan y Bette. No obstante, lo cierto es que nos gusta darnos patadas porque sí, porque la feminidad al desnudo a veces es mezquina, igual que puede llegar a ser maravillosa. Sabemos ser grandes amigas, y si no mirad a Madeline y Celeste, o a Bette Davies y Olivia de Havilland, pero nos peleamos por todo aquello que nos causa dolor: los hombres, los hijos, por ser más guapa, más lista y más todo que la otra, más todo que todas. Sin embargo, lo único que conseguimos es ser machistas y crueles con nuestro propio género. Madeline, por ejemplo, acusa a Renata de ser “mala madre” por no haber renunciado a su carrera profesional. O Joan, cuando Pauline, la ayudante de dirección de Robert Aldrich, le dice que quiere dirigir su propia película y la Crawford le responde, “¿una mujer directora? Esto es verdaderamente el fin”.

¿Por qué esa tendencia a crear enemistades, coartarnos, ponernos la zancadilla y ser crueles? Aunque en ocasiones se extreme con fines narrativos, el mean girls que retratan estos personajes femeninos es tan real como la vida misma. El personaje de Olivia de Havilland en Feud da una respuesta que resume todo y conviene recordar: “Las rivalidades nunca son por odio, son por dolor. Son por dolor”. Y a nosotras nos duele mucho todo.

Escrito por Náyade Gómez en septiembre 2017.

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