La Divina Televisión
Los siete pecados capitales del teleadicto

La Divina Televisión

El titubeo moral de los guionistas nos ha convertido en sedentarios sin brújula moral. Es tiempo de sacudirse el polvo, evocar nuestros pecados e iniciar el sendero purificador que nos aleje de las alas glaciares de Satán

Estamos ante los últimos suspiros del año y, hasta donde uno sabe, ni la prensa ni las redes sociales han orquestado campaña alguna alrededor de profecías mayas, apocalipsis informáticos o desapariciones espontáneas masivas. Los fogones del terror se mantienen helados a poco menos de un mes del especial navideño de Sherlock. Si algún astro tuviese pensado abandonar su lugar en el cosmos o alguna inteligencia artificial planease hacerse con el control de nuestros dispositivos electrónicos, él lo sabría y nos habría alertado. Pero nada, señores y señoras, ni una brizna se mueve en el imaginario hecatómbico mundial. 2016 asoma su cabeza por la ventana interanual con aspecto lozano y sereno.

Pero hagan el esfuerzo de imaginar que esto no fuese así. Que las horas que nos gobiernan están contadas y el futuro es un certero punto y final para toda vida de este planeta. Que deben, fieles y ateos, rendir cuentas con divinidades y conciencias. Los pecados encima de la mesa y las nalgas desenfadadas, que el cacheo es concienzudo. ¿Qué alma, amigas y amigos, podría saberse blanca como los paisajes de Fargo y limpia como el salón de Mónica? ¿Cuál, de todas vosotras, podría asegurar ante el mismísimo San Pedro haber cumplido los deberes terrenales? Permítanme, espíritus atormentados y arrepentidos, que les guíe por esta versión seriefílica del Purgatorio de La Divina Comedia, camino del Paraíso y saltándonos, eso sí, el Infierno, pues ningún lector de Serielizados merece, por serlo, padecer la eternidad en el infierno de Dante.

 

Soberbia

Don Draper

Tras dejar atrás a los excomulgados y a los arrepentidos de forma tardía, llegamos a la primera grada del purgatorio, la de la soberbia, con nuestras siete “P” impresas en la frente. Es el pecado más grave de todos, subyacente a todos los demás, pues solo desde la soberbia puede el hombre -o los ángeles, recuerden a Lucifer, el más soberbio de los seres- retar a Dios cometiendo delito celestial alguno. Como castigo, las almas de hombres como Aaron Sorkin, Don Draper o John Thackery caminan encorvadas por el peso de gigantescas piedras sobre sus espaldas. Aquellos que, con frecuencia, creéis superar en criterio seriéfilo a la masa y descubrir con ojo aventajado los nuevos diamantes de la escena cajatontesca, tomad esas rocas con estoicismo y consumar vuestra redención. Porque solo los humildes de corazón pueden ascender a la sexta grada.

 

Envidia

Vegeta

¡Ay, la envidia! ¡Cuántas idas y venidas dieron los sudorosos gladiadores de Spartacus y las desnortadas jovencitas de Girls a causa del embrujo de la envidia! ¡Cuántos galipajos mal escupidos por la boca de Kurt Sutter contra el DVD de cualquier serie ganadora de un Emmy o un Globo de Oro! ¡Cuánto carbohidrato chamuscado por Vegeta para no quedarse atrás en su particular -insisto: particular- guerra con Goku! Todos ellos, aquí frente a nosotros, con los ojos cosidos con alambres de hierro, privados de contemplar todo cuanto es susceptible de envidiar. Acérquense: aquellos que sufristeis el reconcomio hacia el seriéfilo de turno por estar al día con las viejas emperatrices de la HBO o por conocer la última atracción europea de la temporada; y aquellos, soñadores y menguados, que fantaseasteis con ser Daredevil o Ragnar Lodbrok para patear anos con la elegancia de un felino; encended vuestros smartphones, llamad a vuestras abuelas vía Skype y rogadles que os enseñen cómo coser unos buenos ojos con algo de hierro e hilo. La salvación eterna tiene un precio.

 

Ira

Tony Soprano

Con la humildad y la caridad por bandera y solo cinco pecados en vuestras frentes, alcanzamos la quinta grada, donde los iracundos, encabezados por el alma de Tony Soprano, caminan sin norte, cegados por una fumarola de humo que nubla sus ojos como la ira nublaba sus juicios en vida. Al Capone, Tuco Salamanca, Alonso de Entrerríos, Joe McMillan, Arthur Shelby Junior y el humo negro de Perdidos -para acabar de complicar las cosas- acompañan al ogro de Nueva Jersey. También vosotras, almas lectoras de inflamable ira ante la más leve tardanza en la subida de subtítulos o ante el spoiler despiadado de aquel que llamas amigo, adentraos en las brumas de la oscuridad y reflexionad. Aquí os espero con suma paciencia hasta que vuestros nervios carguen también con esta bonita virtud (pero no me hagáis esperar demasiado o conoceréis el dolor en formato spoiler categórico).

 

Pereza

Frank Gallagher

El cristianismo, teoría sobre la que Dante levanta su Purgatorio, nos habla de una pereza no física sino espiritual, pero este es mi purgatorio y aquí mando yo. De modo que, retahíla de pecadores entregados al maratón televisivo, descuidadores de la vida social, desaliñados de sobacos mefistofélicos, procrastinadores del estudio y el trabajo, os azuzo a correr sin cesar durante tanto tiempo como dure la primera temporada de Jessica Jones. Haced migas con Frank Gallaguer y Erlich Bachman y volved con diligencia, la cuarta virtud que os librará de los gélidos círculos del Hades. Observad, mientras tanto, el tesón penitente de aquella que llaman Olive Kitteridge, solo igualado por la pereza existencial que mostró durante sus décadas de carne y hueso. Empapaos de su fortaleza. Imitadla. Corred como un Flash encocado por las dunas del Sáhara.

 

Avaricia

Walter White

¿Imaginan ustedes a Frank Underwood atado de pies y manos y forzado a mirar el suelo? Este es el castigo que inventó el sádico de Dante para todos aquellos que ansiaron con exceso los bienes terrenales. ¿No querías Tierra? Pues hala, a mirarla hasta que te aburras. Tú, Frank, pero también Rubén Bertomeu, Walter White, George Hearts, Pablo Escobar y los jefazos de la Evil Corp. De hecho, gran parte de la serielidad contemporánea se sustenta sobre la ambición y la codicia, por lo que podríamos elaborar una lista tan larga que petaríamos los servidores de Serielizados. En su lugar, prefiero emplear mis bites en mandaros a ti -el que pide la última temporada de Juego Tronos por Navidad a unos padres asfixiados por las facturas-, y a ti -el que pelea por el mando de televisión para poner la enésima retransmisión de Big Bang en TNT- a contemplar las raíces que crecen entre el pavimento hasta que la generosidad brote de vuestras carnes como el absurdo brota de mi tecleo.

 

Gula

Robert Baratheon

Nos quedan dos pecados en la frente y el hambre arrecia. Mas andad con cuidado, peregrinos del remordimiento, pues en estos lares padecen los golosos que no supieron controlar su apetito. Estrellas del pop televisivo como Robert Baratheon o Alberto Chicote son obligados a contemplar los manjares que cuelgan de los árboles sin el permiso divino de catarlos. ¡Ay, Eva! ¡Y qué penitencia tan grande merecen quienes se atiborran de porquerías mientras engullen sin miramiento horas de entretenimiento serielístico! Pecado doble. Gula-gula. Amainad vuestro apetito, amigas y amigos, y llenad de templanza vuestra ánima para no confundir los atracones de Navidad y los tres mil metros lisos a lomos de Netflix con el alimento que sacia de veras vuestro corazoncito: el amor. Y así cabalgamos hasta la última grada.

 

Lujuria

Spartacus

El pecado más leve de cuantos integran los pecados capitales. Para Dante, la lujuria no se limita al deseo sexual sino a cualquier amor terrenal que aparte a nuestra mente del amor hacia Dios. No hay, por tanto, pecadores lujuriosos -por partida doble: amorosos y sexuales- más grandes que las marionetas que se pasean por la teleficción. Ninguna serie escapa a su hechizo como ningún mortal abandona este mundo sin haber amado o sin haber catado las mieles del encamamiento -de ser así, entonemos un poderoso “oohhh”-. Pero vosotros, adictos de las temporadas y los episodios, sobrepecasteis día tras día, perdidos en vuestras historias ficticias y obviando la mirada encantadora del creador. El pecado es tenue pero el castigo es cruel: arded en el incendio como ardisteis de pasión en vida.

Hasta aquí nuestro viaje. Ante las puertas del paraíso terrenal, donde Adán y Eva la pifiaron con ahínco, acaba mi compañía. El mundo tal y como lo conocemos ha dejado de existir. Bañaos en el río Leteo y borrad los malos recuerdos: el final de Perdidos, la última temporada de Cómo conocí a vuestra madre, el regreso de Héroes, la decepcionante Extant y la cancelación de Carnivàle. Con el escroto y los pezones tostándose todavía al sol, salid y sumergíos en las aguas del río Eunoë, donde avivar los buenos recuerdos: momentos inolvidables que pa’ qué os voy a contar yo a estas alturas. Los compartimos en la memoria. Nuestros telepecados nos hermanan. Así que, arrepentidos y redimidos, dejad que el rayo de sol os transporte al Paraíso. Yo os sigo en un momento: no quiero perderme el último episodio de The Leftovers.

Escrito por Juan Antonio Navarro en diciembre 2015.

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