‘Goliath’: Las migajas del progreso

Series en la era Trump

‘Goliath’: Las migajas del progreso

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En el mundo de hoy las grandes empresas lo pueden todo, compran la verdad como quien compra acciones en el mercado. Lo fían todo a su fuerza arrolladora, la del dinero. Y en medio de este huracán, sujetos como Billy McBride, que no comparten los réditos de un capitalismo desmedido, tratan de sobrevivir.

Unos meses después de la toma de posesión del cargo de presidente de los EE.UU., Donald Trump ha dado ya algunas muestras de lo que puede llegar a ser su mandato, una especie de montaña rusa jalonada por grandes subidas retóricas y pronunciadas bajadas a la más dura realidad. Si durante los primeros días tras jurar el cargo el verdadero talante del mandatario era una incógnita, a estas alturas ya nadie alberga dudas al respecto; nos vamos a divertir, o no tanto, depende de cómo se mire.

Una parte relevante de la ficción serial estadounidense lleva ya algún tiempo cargando contra las instituciones del país, en una frenética denuncia de todo aquello que, a juicio de insignes creadores, no funciona como debería en la nación de las barras y estrellas. Casi veinte años después del estreno de Los Soprano (HBO, 1999-2006) ya disponemos de una perspectiva suficiente para interpretar con mayor distancia y justicia un fenómeno al calor del cual se ha generado toda una industria del conocimiento, que incluye medios de comunicación, festivales, publicaciones y academia, entre otros. Pero sobre este tema ya volveremos otro día; lo que hoy me ocupa es la existencia de una serie menor pero que me parece sintomática del tiempo que a los estadounidenses les ha tocado, y les va a seguir tocando, vivir.

Se trata de Goliath (Amazon Studios, 2016), una serie de temática jurídica de 8 episodios producida por Amazon y por las compañías de sus dos creadores, el ya veterano David E. Kelley y el escritor, guionista y antiguo fiscal, Jonathan Saphiro. Se me antoja una serie más importante de lo que pueda parecer en un primer momento y no únicamente porque contenga una interpretación memorable de Billy Bob Thornton, sino porque lo que cuenta define una parte esencial de la historia de los EE.UU. desde la era Reagan. La historia es aparentemente intrascendente, casi tanto como sus protagonistas. Un ingeniero de una gran empresa contratista de defensa muere tras una explosión nocturna en un barco de la propia compañía. El hecho es calificado como suicidio y el ingeniero deja mujer, hijo y una hermana poco dada a tragarse las excusas y falsedades de Borns Tech, la megacorporación que todo lo puede y todo lo compra. Empeñada en demostrar que la explosión no la provocó su hermano, y que la historia del suicidio es un invento, la díscola hermana decide demandar a Borns Tech. Les ahorro los spoilers malintencionados, porque lo que cuento no va más allá del primer tercio del primer capítulo, y ya saben que en esto de las historias judiciales es mejor no saber el final –salvo que hablemos de O.J. Simpson, ahí la fascinación no disminuye por saber cómo acaba la cosa-.

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“La serie, que se estrenó poco antes de que Trump ganase las elecciones, tiene un aire de fin de tiempo, de última parada, que se nos antoja profética.”

Billy McBride (Billy Bob Thornton) es un abogado venido a menos, alcohólico, divorciado y prácticamente deshauciado por casi todos, menos por su hija, su pasante y una perra que vive cerca del motel en el que pernocta y le hace las veces de despacho. Hasta aquí no hay nada muy nuevo ni especial. Los personajes de David E. Kelley suelen ser bastante histriónicos. Algunas de sus series de temática jurídica se han centrado en ambientes mucho más lujosos, pero Kelley siempre ha entendido bien a los personajes desclasados, sujetos que se han quedado atrás y no comparten los réditos de un capitalismo desmedido. En El abogado (ABC, 1997-2004) pueden verse a algunos de estos ilustres damnificados del capital, y en plena era Clinton.

De todas maneras, lo que destaca de Billy McBride es que se trata de un personaje que Kelley y Shapiro no tratan con condescendencia. Tiene costuras humanas. Es culpable de su situación; es un borracho, y no se arrepiente de ello. Había sido un abogado de mucho éxito pero esos tiempos ya pasaron, y mientras otros, como su archienemigo Donald Cooperman (un sobreactuado y muy divertido William Hurt), se han llevado el dinero y el reconocimiento, otros, como los personajes que orbitan alrededor del motel en el que vive, se tienen que conformar con las migajas del progreso. La serie se estrenó en octubre del 2016, poco antes de que Trump ganase las elecciones. Es una simple nota al pie, una casualidad si se quiere, aunque la serie tiene un aire de fin de tiempo, de última parada, que se nos antoja profética.

Goliath es una miríada de microhistorias, las de todos aquellos perdedores que no cuentan en los discursos oficiales, que son meros números en estadísticas para las que nadie gobierna. Más allá del final de la serie –que no desvelaré- el retrato social es cruel. En el mundo de hoy las grandes empresas lo pueden todo, compran la verdad como quien compra acciones en el mercado. Lo fían todo a su fuerza arrolladora, la del dinero, sin conocer más ética que la que se diluye en una estructura decisoria que nadie es capaz de desentrañar por completo. Los presidentes Reagan, Clinton, Bush padre y Bush hijo tuvieron una excelente relación con el mundo empresarial. Les abrieron puertas, suprimieron controles, les dejaron hacer y deshacer a su antojo (y no hace falta ser muy de izquierdas para acordar una opinión en este punto). Sobre la presidencia Obama todavía se están evaluando los resultados. Es pronto, ha lidiado con una crisis importante durante años y quedan muchos análisis pendientes, pero me atrevo a decir que su presidencia ha tenido también numerosas zonas grises. Sobre Trump no creo que a estas alturas quepa duda alguna. La empresa es su sueño y el poder asociado a las redes empresariales su destino manifiesto.

“‘Goliath’ conserva el aura de las series imperfectas. Sus ocho capítulos son la medida justa para evitar la sobreexposición al sistema judicial estadounidense”

Esos sueños de poder desmedidos, esa pérdida de contacto con la realidad, planea sobre Goliath. Hay personajes desconectados de su entorno, como Cooperman, que vive aislado como un Howard Hughes del derecho, y con una única obsesión en su cabeza, destruir a Billy McBride. La serie irá dando soluciones y respuestas a por qué un individuo tan poderoso tiene entre ceja y ceja destruir a alguien insignificante como McBride. En esto del poder, lo simbólico sigue ocupando un espacio central. Y qué decir del caso. Pues que resulta muy divertido ver cómo Billy mueve el asunto de una jurisdicción a otra, buscando hábilmente una respuesta positiva de un tribunal; o comprobar cómo un juez fascinado por el poder, y siempre al borde de la legalidad, puede suponer un dolor de cabeza mayúsculo; o ver hasta dónde puede llegar un contratista de defensa para ocultar una verdad incómoda y que, en el fondo, le importa a muy poca gente. No hay un personaje sano en esta historia. Quizás ese histrionismo actancial sea excesivo para algún espectador, aunque tiene algo de entrañable.

Goliath conserva el aura de las series imperfectas. Sus ocho capítulos son la medida justa para evitar la sobreexposición al sistema judicial estadounidense. Ver a un inteligente McBride moverse hábilmente en tierra peligrosa y construir un caso basándose más en las convicciones que en las propias pruebas materiales supone un divertido juego ético con el espectador. Porque ya saben ustedes que una cosa es la verdad de los hechos y otra la verdad del derecho. Piensen en si, como jueces, habrían permitido que el caso prosperase y llegase a juicio con las pruebas tan etéreas que presenta McBride y su exiguo equipo de asistentes. Yo tengo mis dudas. La serie ha sido renovada por una segunda temporada, así que el hígado de McBride tendrá que aguantar un poquito más, quizás un segundo caso contra el capitalismo arrollador de la era Trump.

Escrito por Iván Gómez en mayo 2017.

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