El sueño de Velcoro

Disfrutar de True Detective II

El sueño de Velcoro

True Detective II

Irregular, imperfecta, errática, de naturaleza profundamente bastarda, en el sentido de impura; y por ello, estupenda. Y muy probablemente condenada antes de empezar

Esto de la crítica televisiva impone extrañas sincronicidades. No había leído hasta hace muy poco la excelente reflexión de Alberto Nahum sobre la segunda temporada de True Detective [i], cuando andaba yo pensando que uno de los principales motivos para que, a diferencia de una buena parte de la crítica, Nahum incluido, me gustase dicha temporada era el chófer de El sueño eterno. Más concretamente la muerte del chófer de la familia Sternwood. Es muy conocida la anécdota que cuenta cómo los guionistas de la versión cinematográfica (película digirida por Howard Hawks en 1946) contactaron con Raymond Chandler para preguntarle quién había matado al chófer, Owen Taylor, o qué diablos había pasado con él. La respuesta del ácido creador es una de las claves del disfrute de la segunda temporada de la serie creada por Pizzolatto: “Who Cares?”

Incisiva respuesta la de Chandler (y poco importa si la anécdota es cierta o no), que no deja de darnos una de las claves para divertirnos con esta segunda e irregular temporada. Irregular, imperfecta, algo errática, de naturaleza profundamente bastarda, en el sentido de impura; y por todo ello, estupenda. Qué duda cabe que la expectativa sobre esta segunda temporada era muy alta. Tras una primera temporada que provocó la excitación crítica generalizada [ii] y que ha hecho correr más ríos de tinta que cualquiera de las últimas creaciones HBO, True Detective II (TD II) estaba muy probablemente condenada antes de empezar. Poco importaba que la primera parte imaginada por Pizzolatto fuese imperfecta. Los improbables diálogos cargados de trascendencia y un cierto oscurantismo místico hacían en un primer visionado a Rust y Marty una pareja de policías muy atractiva. Ya se sabe que lo insondable tiene tirada televisiva, sobre todo si el producto no es muy largo y éste puede huir de las excesivas repeticiones (algo consustancial a la serialidad, por otro lado). El golpe rápido e inesperado suele tumbar al espectador en la lona y en esos menesteres True Detective (TD I) fue ejemplar.

True Detective

“Se nos olvida que el final de ‘Breaking Bad’ es algo chapucero, que ‘Mad Men no gusta tanto como parece”

A la serie se le perdonó una primera temporada en la que casi todo el peso de la trama recaía en dos personajes pagados de sí mismos, que las mujeres que circulaban por ella (incluida la mujer de Marty) fueran poco más que cartones animados, que las idas y venidas temporales escondiesen también alguna incoherencia y, en definitiva, que fuera un producto, como casi todos, imperfecto. Imperfecto y magistral a un tiempo. Porque de tanto hablar de calidad y solazarnos con The Wire se nos olvida que el final de Breaking Bad es algo chapucero, que Mad Men no gusta tanto como parece (pero nobleza obliga), que El Ala Oeste de la Casa Blanca no la vieron entera ni en la Casa Blanca, y que The Newsroom, con ese prólogo que vale una temporada, es errática y algo dispersa. Y todas ellas son series imprescindibles.

Pero todo esto no es más que paratexto, que diría el narratólogo aficionado. Parece obvio que la segunda temporada de la serie ha sido juzgada a través del rasero del éxito de la primera. Puede que eso le haya restado posibilidades. En cualquier caso la serie no ha gustado y lo que intentaré de manera sucinta (es un decir) es exponer una lectura personal de la serie que me ha permitido disfrutarla sin demasiadas reservas. Esta segunda temporada es clara en sus códigos, mucho más transparente que su antecesora. No se trata aquí de exponer una lectura oculta que permita “encontrar” la clave del disfrute sino de exponer los elementos centrales de una lectura personal que ha ido construyendo ese disfrute y que, de paso, puedan servir para la defensa crítica de esta segunda temporada. Quizás sea el momento de activar una “lectura ligera” contra la gravedad con la que Pizzolatto plantea sus productos y, de paso, poder asumir como principal objetivo de la serie aquello para lo que la televisión nació: para la agradable y aproblemática repetición.

 

Dos o tres cosas que sé de ella (y que me gustaría reivindicar)

– Que TD II es puro film noir. Eso queda claro desde el primer capítulo y no descubrimos aquí nada. Pero quizás no es ese film noir cuidado, prestigiado con el tiempo y ensalzado a partir de los grandes clásicos del género (de Perdición a Laura, por citar dos de las importantes) sino un film noir más lateral, de serie B, modesto e imperfecto. Es el aroma de La Cicatriz (Steve Sekely, 1948), Atrapados (Max Ophüls, 1949), El poder del mal (Abraham Polonsky, 1948) o Al volver a la vida (Byron Haskin, 1948); es la fuerza de esos finales abruptos, desesperanzados, pero tan lógicos dentro de un mundo tan inestable y corrupto como el que relatan estas películas; es el final de La Cicatriz, con ese John Muller (Paul Henreid) asesinado como de pasada, porque estaba ahí, porque no pudo huir, aunque lo intentó.

– Que esa falta de lógica de la trama es un rasgo muy noir. No hace falta volver a citar una obra maestra como El sueño eterno, con sus huecos e irregularidades, sino pensar en otros productos como Historia de un detective (Edward Dmytryk, 1944), Contrabando (Don Siegel, 1958) , Hold back tomorrow (Hugo Haas, 1955) o El misterio de una desconocida (Lewis Allen, 1949). Enrevesados en ocasiones, ilógicos en otras. TD II no es excelente a pesar de su errática lógica sino precisamente por ella. Lo errático nos permite vagar por la trama sin necesidad de buscar un cierre, una clausura narrativa definitiva, casi siempre asociada a esas ansias de trascendencia que algunos creadores y no pocas historias nos intentan transmitir. Lo errático nos permite una libertad de movimientos casi definitiva por el contenido de la serie.

True Detective II

“Es más rígido e inflexible en su código de honor que un guerrero samurái. Velcoro sueña con un mundo mejor. Pero se olvida recurrentemente de sus sueños”

– Que Velcoro es una gran personaje; tan violento y próximo al Bannion de Los Sobornados (Fritz Lang, 1953); tan excesivo e improbable como el Quinlan de Sed de Mal (Orson Welles, 1958), tan enajenado por el alcohol y las drogas como sólo puede estarlo alguien a quien el futuro se la trae completamente al pairo y que ya sólo vive de un pasado mal digerido y peor recordado. Velcoro sobrevive a un disparo que nadie entiende por qué no acaba con él (la explicación no es muy lógica), graba discursos como un poseso para un hijo al que nunca alcanzará (el niño carece de interés como hijo del susodicho y como niño en general), se da una alegría con su compañera policía porque su condena no puede aplazarse, por lo que decide beberse un último trago de vana esperanza. Y le da tiempo de perpetrar algunas peroratas sobre la justicia con la actitud cansada de quien ni se cree una palabra ni le importa un bledo. Pero como buen policía drogata y borrachín, violento y maltrecho, tiene que mantener su pose hasta el final. Tanto la mantiene que en lugar de intentar huir, hace de sí mismo, como el Bogart de El último refugio, un falso mártir que prefiere morir en la atalaya a vivir de rodillas. Velcoro en tan incoherente y errático que da para un artículo de Zizek. Es más rígido e inflexible en su código de honor que un guerrero samurái. Velcoro sueña con un mundo mejor. Pero se olvida recurrentemente de sus sueños cuando se tiene que enfrentar al día a día, sabedor de que, realmente, él es uno de esos tipos que hacen el mundo un lugar peor y más difícil de habitar.

– Que la temporada no está encorsetada por la necesidad de superar a TD I en un ejercicio piruetístico del más difícil todavía. Superar la primera no era posible y me da la sensación de que Pizzolatto lo sabía (si lo hubiese intentado habría destronado a Heidegger como padre putativo de la hermenéutica). Por eso vira a noir el contenido, a la espera de mejores tramas, condiciones más favorables o inspiraciones más mórbidas. ¿Lo hará mejor la próxima vez? ¿No escriben alguna cosa muy menor también los genios? ¿Acaso no lloran los ricos de vez en cuando?

– Que si todo el mundo estaba muy jodido en la primera temporada, ni te cuento en la segunda. No se salva uno, ni los personajes más redondos (vamos a decir que dos policías y medio gángster serían lo más aprovechable de la cosa) ni los más planos e innecesarios. Eso sí. Todos comparten la inmundicia en donde les ha sumido su propia cobardía, la ambición desmedida o un erróneo código de honor, según sea el caso. Todos son demasiado cobardes para afrontar la verdad y, a un tiempo, demasiado valientes como para cejar en su empeño de hacer lo correcto. La riqueza de esa dualidad los hace interesantes, los hace humanos. Y sin dramatismos innecesarios, sin honduras intelectuales. Sólo instinto para tratar de resolver un crimen.

True Detective II

– Porque ese pathos que todo lo domina, esa especie de destino escrito, te hace el final tan innecesario como predecible, dejando que vagues lenta y distraídamente por el desarrollo. ¿A quién le importa que al final los protagonistas de La Senda Tenebrosa (Delmer Daves, 1947) logren huir a Sudamérica? ¿Quién no era capaz de adivinar que algo tan negro como Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947) iba a acabar muy mal? ¿Quién puede discutir la diabólica lógica interna de morir por nada al final de La Cicatriz? Aquí escapan las dos mujeres. Los hombres mueren todos. De un disparo ocasional por un error de principiante cometido por el más experto luchador de todos. De unos cuantos disparos hechos por manhunters despiadados tras una lucha tan infructuosa como bien ejecutada. O de una puñalada recibida por la más absurda de todas las virtudes que un personaje de noir puede exhibir: el amor propio.

– Que todo fue por culpa de un halcón. De unos diamantes en este caso. Ya se sabe que al final el vil metal todo lo domina y no íbamos a tener aquí una excepción. La maldad de la primera temporada era tan intensa, tan diabólica, tan sobrenatural que al final no parecía de este mundo. Igual no lo era. La cosa sigue abierta a especulaciones de todo tipo. Pero la de TD II es de este mundo y tiene que ver con la corrupción urbanística, las tramas de interés, el ansia de poder, la gratificación inmediata. Es decir, con el vil metal. Y todo gira en torno a ese concepto tan simple. Un tren a ningún lugar, un agujero del infierno repleto de residuos donde juegan unos niños ajenos al peligro, autopistas vacías, cemento por aquí y por allá. Elementos de un paisaje que Pizzolatto ya nos había mostrado a propósito del Sur en su anterior incursión televisiva. De hecho la trama urbanística, que no la entiende bien ni quien la escribió, es uno de esos elementos que daría para largos artículos sobre gentrificación, urbanismo criminal y series de televisión (y no es broma).

 

Puede que estas razones no sean gran cosa a la hora de juzgar lo bien o mal planteada que está la serie. Que no aclaren mucho sobre sus zonas oscuras y que tampoco sirvan para defender su factura y acabado. Pero me sirven como propuesta de lectura y es que, qué quieren que les diga, me crié con una ficción televisiva tan imperfecta como encantadora, tan de costura exposé y modesta pretensión, que a veces vuelvo a ser el mismo espectador “inocente” de antes de la irrupción de la televisión de calidad.

 

[i] En su excelente blog Diamantes en serie. El completo artículo sobre esta segunda temporada se publicó el 11 de agosto del 2015.
[ii] No así, curiosamente, la de Alberto Nahum que, como él mismo dice, ya desconfió sobre las ansias “trascendentalistas” de Pizzolatto exhibidas en la primera temporada. Visión perspicaz que cada vez comparto más. Algo huele a podrido en la primera temporada aunque cueste identificar qué es.

Escrito por Iván Gómez en octubre 2015.

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