El orgullo de Oscar Wilde

Penny Dreadful (texto sin spoilers)

El orgullo de Oscar Wilde

¿Puede convertirse Penny Dreadful en algo más que una convención de monstruos literarios?

La era victoriana fue sin duda la época dorada de lo sobrenatural: las fuerzas y energías desconocidas, historias de fantasmas y fenómenos paranormales estaban a la orden del día. La historia ha atribuido estas excéntricas creencias al abrumante cambio cultural al que se vio abocada la población de la época, que lidiaba con un revival religioso basado en el moralismo que se chocó de frente con El origen de las especies (1859), explotando en una profunda crisis de valores. Pese a no existir aún Cuarto Milenio, el avance científico iba indudablemente ligado a explicaciones sobrenaturales paralelas, más fáciles de creer y obviamente de entender para el pueblo. Surgen entonces movimientos tanto del lado científico como del religioso: el mesmerismo de principio de época, que creía en el traspaso de energías entre cuerpos en trance, o el espiritualismo, que contactaba con los muertos a través de médiums. La literatura nos coloca a un lado al doctor Frankenstein de Mary Wollstonecraft Shelley, que demuestra la licitud del hombre (y de Iker Jiménez) frente a Dios como creador de vida, afirmando la cuestión humana a la vez que la separa de la divina. Al otro, los espíritus victorianos de, por ejemplo, Sir Arthur Connan Doyle o el mismo Dickens y su pasión por la lectura pública de historias de fantasmas. Lo sobrenatural se convirtió en toda una ciencia paralela, llegándose a fundar en 1882 (Penny Dreadful toma lugar en 1891) la Sociedad para la Investigación Psíquica, que como su nombre indica no tenía otro objetivo que el estudio de fenómenos paranormales.

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“Penny dreadful era una categoría de literatura B para masas, producida en entregas semanales que costaban, precisamente, un penique”

En este contexto nace el penny dreadful, una categoría de literatura B para masas, producida en entregas semanales que costaban, precisamente, un penique. Era literatura barata, fácil y sensacionalista, el Dan Brown de la época. Básicamente se dirigía a gente semi-alfabetizada: su público principal eran niños y chicos jóvenes. Empezaron llamándose penny bloods, más que nada por el gore de las tramas y las ilustraciones que las acompañaban. Las historias trataban la clásica lucha entre el bien y el mal, con la aventura bañada en crimen como narrativa. Tal vez, cualitativamente hablando, tenían el mismo valor literario que Cincuenta sombras de Grey, pero a diferencia de éste sí que sirvieron, al menos, para reflejar el ambiente siniestro y funesto de la época: asesinatos, persecuciones, muertes inexplicables, flagelaciones, posesiones diabólicas y demás historias dignas de una versión after dark del programa de Ana Rosa.

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“La serie tiene el potencial de no sólo representar la era victoriana como algo terrorífico si no de reflejarnos a nosotros, espectadores del siglo XXI, en ella”

El reto de Penny Dreadful como serie, más que la gracia de juntar a Frankenstein con Dorian Gray, era conseguir transmitir esta atmósfera lóbrega. No sólo lo consigue, sino que a la vez entretiene con tramas a través del demi-mundo dignas de la mejor época de Supernatural (con vampiros un 120% más creíbles). John Logan (guionista y showrunner) ha creado otro drama con elementos sobrenaturales, las influencias literarias del cuál quedan prácticamente en anécdotas. No por ello cabe desmerecer la serie, que incluso toma el ritmo pausado que en los últimos años se ha adoptado inexplicablemente como sinónimo de calidad (Mad Men hizo mucho daño), pero cuesta verla como algo más que el caballo de Showtime que llega tarde a la carrera de lo paranormal en el cable (The Walking Dead, Being Human, American Horror Story, Teen Wolf… cada cadena tiene ya una apuesta clara). Pero no es tarde: Penny Dreadful aún puede conseguir un puesto en cabeza. No será gracias a la cinematografía de Bayona, ni a la terrorífica mirada de Eva Green. Citando a Oscar Wilde en el prefacio a El retrato de Dorian Gray, “todo arte es a la vez superficie y símbolo. Los que van más allá de la superficie corren un riesgo. Lo que el arte realmente refleja no es la vida, si no el espectador”. Ahí está la clave y John Logan lo sabe. La serie tiene el potencial de no sólo representar la era victoriana como algo terrorífico si no de reflejarnos a nosotros, espectadores del siglo XXI, en ella. El paralelismo es claro: debacle de la fe, encumbramiento aturdidor de la ciencia, disonancia entre individuo y entorno, pánico y entusiasmo a partes iguales ante la previsión de futuro. Sólo falta que el potencial se convierta en realidad, e igual que el retrato de Dorian Gray ascendió a la atemporalidad, también lo haga Penny Dreadful.

Escrito por Irina Cruz en junio 2014.

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