El final de ‘Breaking Bad’ (o sudores fríos que no nos dejan dormir)

Síndrome de abstinencia

El final de ‘Breaking Bad’ (o sudores fríos que no nos dejan dormir)

La historia ha tenido uno de los finales más conclusivos que se recuerdan que ha dejado satisfecho a la gran mayoría pero que ha entusiasmado a pocos.

Alerta de Spoiler: este artículo incluye spoilers del ultimísimo capítulo de Breaking Bad. Si lo leéis por error y sois de los que no han visto la serie pero deseáis hacerlo –y valoráis especialmente el factor sorpresa en una historia y jamás se os ocurriría ir a ver una película como “John dies at the End” en la que, efectivamente, John dies at the end (bienvenidos al spoiler de una película dentro de una alerta de spoilers)-, deberíais parar aquí.

Un minuto de silencio y un solemne brindis, preferiblemente con alguna sustancia azulada dentro de la copa: 62 capítulos después, Breaking Bad ha terminado. Al final, el voraz nódulo de células de patrón reproductivo anómalo que aparece en el pulmón de Walter ha cedido el privilegio de cobrarse la vida del temible Heisenberg a una bala perdida; pero no cabe duda de que, si recapitulamos e intentamos resumirlo en términos estrictamente científicos, la ha liado parda. Van pasando los días y la historia de Walter White, padre de familia americana estándar de clase media y profesor de química de instituto que acaba convertido en la mente criminal detrás de la red de producción y distribución de la mejor metanfetamina que se pueda comprar desde Arizona hasta la República Checa, está cristalizando (risas) poco a poco en nuestras mentes y nos obliga a poner nuestra mejor cara de Mourinho y entonar un introspectivo: “Pour qué?”.

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La verdad es que encontrar el porqué es tan decepcionantemente simple como reproducir de nuevo el decimosexto capítulo de la quinta temporada (también conocido como el último) a partir de 33:27 y escuchar las últimas palabras que Walter dirá a su esposa. “Lo hice por mí. Me gustaba. Era bueno haciéndolo y de verdad… me sentía vivo”. Pues eso. Y es que, si revivimos el último episodio de la serie, nos enfrentamos a un claro ejemplo de lo que en teoría del guión podría conocerse como “marcarse la de Franco”, es decir, dejarlo todo atado y bien atado.

Podemos jugar a preguntarnos una infinidad de cosas acerca de los demás personajes, desde que pasará con Jesse tras el infierno que ha atravesado hasta las consecuencias que tendrá el riquísimo abanico de traumas entre los que Walter Jr. podrá elegir para amenizar su adolescencia. Pero esta serie ha sido la historia de Walter y, sobre él, queda poco con lo que especular. “Lo hice por mí pero, oiga, dele más vueltas si quiere. Esta manera telegráfica -y un tanto frustrante como espectador-  con la que Walter nos muestra la absoluta comprensión de su comportamiento inmoral junto la aplastante sencillez con la que puede expresarlo apuntan hacia algo que acecha en el fondo de Breaking Bad: una tremenda reivindicación del absurdo.

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Cuando pensamos en algo absurdo, quizá lo primero que se nos pase por la cabeza es un payaso estampándose una tarta de nata en plena cara. Albert Camus definía el absurdo como el conflicto entre la tendencia humana a buscar el valor intrínseco y el significado de la vida y la incapacidad del hombre de encontrarla. Los filósofos franceses no suelen ser tipos muy divertidos. ¿Pero por qué amamos a Walter White? La empatía que tenemos con el personaje sale del ansia de justicia cósmica que todos llevamos dentro. ¿Qué sentido tiene que un hombre bondadoso, sensible, padre entregado de un adolescente discapacitado y esposo devoto que ha trabajado toda su vida tenga como recompensa un cáncer de pulmón que lo matará a los 52 años? La tarta que el universo refriega por el morro de Walter no nos hace ni puta gracia.

El absoluto silencio con el que un dios ausente responde a Walter desespera. Vuelva usted mañana. Nos ponemos en la piel de Walt, experimentamos la frustración y la terrible sensación de injusticia; y nos cuesta mucho condenarlo. Es fácil repetir que de ahí a la espiral de corrupción que convierte al Dr. White en Mr. Heisenberg hay años luz, que el dolor y muerte que causa a cuántos le rodean en su proceso de autodestrucción son objetivamente perversos y deleznables. Pero siempre nos queda ese pero, ese reducto –que se va haciendo más pequeño a medida que avanza la historia- en el que excusamos a Walter. Porque ante la indiferencia del mundo, un hombre que ha sido un santo toda su vida decide hacer algo que nos parece de recibo: tomar las riendas de su propia vida para darse lo que merece.

En “The Fly”, el ya mítico capítulo de la mosca que se cuela en el laboratorio, Walter sufre un pequeño derrumbe emocional mientras habla con Jesse sobre la noche en que Jane murió “Todo se reduce a partículas subatómicas colisionando infinita y aleatoriamente entre ellas . Eso es lo que nos enseña la ciencia… ¿pero qué significa? ¿Qué intenta decirnos que, la misma noche en que la hija de ese hombre muere, esté tomando una copa conmigo?¿Quiero decir… como puede ser eso azar?”. Y he aquí la clave de bóveda que hace que todo el discurso absurdista y trágico de Breaking Bad converja en un punto verdaderamente terrorífico, la némesis de todos los intentos obstinados de encontrarle sentido a la existencia: la ciencia.

Pensemos en los títulos de crédito del inicio de cada capítulo, en los que los nombres del staff tienen resaltadas las letras correspondientes a elementos de la tabla periódica, o en las emblemáticas transiciones en time-lapse que nos muestran la ciudad ajetreada, contrapuesta a un cielo que repite el eterno ciclo meteorológico ajeno a todo lo que pasa debajo. El tercer capítulo de la primera temporada “…And the Bag’s in the River” empieza con Walter echando por el retrete los restos diluidos en ácido del primo de Krazy-8. La acción se alterna con un flashback dónde le vemos de joven junto a Gretchen, recontando el porcentaje de cada elemento químico en el organismo humano: el total de la suma corresponde al 99,88% del peso corporal. Al final del capítulo, regresamos a ese momento: ¿Parece que falta algo, no crees? Tiene que haber algo más en un ser humano que eso”, a lo que una visiblemente enamorada Gretchen pregunta “¿Y qué pasa con el alma?.  Las palabras de Walter son categóricas: “¿El alma? Aquí no hay nada más que química”. Si alguna vez habéis sufrido terrores nocturnos, afirmaciones como esta os provocarán cierta sensación familiar de hueco en el estómago, sudor frío y nostalgia de un pasado intrauterino.

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Pero quiero llamar vuestra atención sobre el punto de giro radical que precipita los acontecimientos del último episodio: las entrevista televisada de Gretchen y Elliott. En un momento en que Walter es el enemigo público de América, los antiguos amigos de juventud con los que fundó la empresa Gray Matter -de la que Walt se desvinculó para terminar de profesor de instituto mientras sus compañeros ganaban el nobel de química y se convertían en multimillonarios- reniegan abiertamente de Walt y desmerecen cualquier mérito de su ex colega. ¿Cuál fue la contribución de Walter White a Gray Matter? Para ser honestos… el nombre de la compañía.

Walt había escapado a las montañas tras pudrir todo lo que había tocado, destrozando las vidas -literalmente en el caso de Hank- de su familia y amigos sin obtener absolutamente nada a cambio. Hablando con el tipo que le había buscado refugio, se da cuenta que ni tan siquiera la porción de fortuna que conserva, la única justificación tangible de toda su odisea criminal, pasaría a su familia. Acaba de llamar a la policía para entregarse. Y a pesar de eso, no es ni el remordimiento ni una súbita llamada a hacer el Bien lo que le hace hervir la sangre y lo lleva a volver, sino rabia con 96 puntos de pureza y sin adulterantes que se rebela ante la asfixiante injusticia del cosmos. ¿Todo esto para nada?

Espoleado por esa pulsión irracional que no tendría cabida en ningún código ético que se precie pero que no podemos dejar de tolerar secretamente, Walter acaba atando todos los cabos sueltos de manera más o menos satisfactoria: se asegura de que algo de dinero llegará a su hijo, rescata a Jesse y mata a Lydia, al tío de Todd y a toda su banda; susceptibles de perpetuar su imperio de distribución de meta. Pero vayamos al último plano de Breaking Bad. Suena Baby Blue, de Bad Finger.

Guess I got what I deserve
Kept you waiting there, too long my love
All that time, without a word
Didn’t know you’d think, that I’d forget, or I’d regret
The special love I have for you
My baby blue

Vince Gilligan, el creador de la serie, hace una comparación del final con El Señor de los Anillos: Al final… el estaba con su tesoro” en referencia a como llamaba Gollum a su amado anillo único mientras, al fin reunidos, se hundían en las lavas del Monte del Destino. Un plano cenital se aleja gradualmente de Walter, desangrándose por culpa de una bala perdida, solo en medio de su laboratorio. Se enfrentó a la absurda injusticia del cáncer y, en su intento de sacar algo de valor y que le diera un sentido retrospectivo a su vida, parece que fracasó estrepitosamente. Y sin embargo, mientras lanza una mirada perdida hacia el vacío indiferente, podemos pensar que lo último que experimenta Walter White es cierta satisfacción de estar en el lugar que le es propio, al lado de su obra maestra, su cristal azul, su baby blue. “Partículas subatómicas colisionando infinita y aleatoriamente entre ellas.”. Y después muerte.

Escrito por Joan Burdeus en octubre 2013.

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