Dale al reset ¡hijoeputa!

La tercera de 'Narcos'

Dale al reset ¡hijoeputa!

El conflicto infinito apodado “guerra contra las drogas” es como la mitológica Hidra: cuando se le corta una cabeza, le crecen dos nuevas. O en el caso de ‘Narcos’, cuatro. En esta última temporada los guionistas han renovado una serie que, sin Pablo Escobar, ha ganado en pureza y síntesis.

El reto al que se enfrentaba la tercera temporada de Narcos era tremendo o -si se me permite- “bien berraco”; repetir éxito sin la presencia dominante de Pablo Escobar. Ya no se trataba de sobrevivir a la fuga de una estrella, algo que ha sido siempre muy habitual en las series, sino que se trataba de renunciar al personaje fundacional, a la fascinante figura del “Robin Hood paisa” que justificó la creación de la serie. Escobar fue un patrón diferente, tan cruel como carismático y la historia de cómo la DEA acabó con su reino pedía a gritos ser contada con el fervor y el ritmo narrativo con el que lo hizo Narcos en sus dos primeras temporadas.

El Escobar de Wagner Moura -no exento de problemas, como ese acento brasileiro que no pegaba ni con cola– logró transmitir, eso sí, la mezcla única y letal que suele tener esta clase de líder criminal. Una unión equilibrada entre cercanía y crueldad que permitió explicar el magnetismo con el que estas figuras atraen al mundo que les rodea. Una fuerza gravitatoria con una capacidad de atracción infinita. Sin embargo, a su vez, la omnipresencia de Escobar proporcionó a Narcos un conjunto de elementos distintivos que a la postre han superado no solo a su figura, sino a la serie en sí misma; a su razón de ser inicial. Y el éxito de esos elementos distintivos pasaron a definir e identificar a la serie: escenas violentas en escenarios reales, relatos de hazañas y anécdotas inverosímiles de Escobar, una banda sonora llena de clásicos sudamericanos, un vestuario estrafalario, montaje ágil a base de voz en off e imágenes reales. Pero sobre todo, o especialmente, un torrente dialéctico lleno de insultos y argot narco-colombiano que dan ganas de ponerse a imitar. Así pues, la mercancía, el producto, pasó a ser más importante que el mercader. Narcos devino -como si del mismo polvo blanco se tratara- en una marca propia que debía seguir con vida una vez el patrón yaciera muerto. Como reza el dicho y la campaña publicitaria de Netflix, “a rey muerto, rey puesto”: ¡Toca darle al reset, “hijoeputa”!

“El reto consistía en que ese reset fuera cuidadoso y no dañara esta máquina diseñada para el éxito.”

El reto –con la baja añadida de Boyd Holbrock como el narrador/protagonista Steve Murphy – consistía en que ese reset fuera cuidadoso y no dañara demasiado a una máquina perfectamente engrasada y diseñada para el éxito. Si se perdían esos elementos tan distintivos que el público amaba, la operación reset podía resultar un fracaso. Así, Narcos debía continuar. Pero teniendo muy claro lo siguiente: potenciar los puntos fuertes y minimizar los débiles. Solo así se podría renovar lo suficiente sin traicionarse a sí misma y a sus espectadores más acérrimos.

Llegar al éxito tiene cierta dificultad, pero más difícil es mantenerse. Muy probablemente el éxito de público que ha vivido Narcos supera las previsiones iniciales, pero con la tercera temporada los responsables de la serie han demostrado saber manejar ese éxito y programar un reset que les ha permitido salir airosos ante este particular desafío. Con este reset lo más importante era apoyarse en la esencia pura de la serie: crear un producto más concentrado y sin diluyentes, recomendado para los más adictos.

La cierto es que recuperar en su núcleo el espíritu de la clásica historia de gansters le ha sentado bien. Narcos hoy recuerda aún más si cabe a esos “rise and fall” que, a modo de moraleja moderna y desde los tiempos del primer Scarface o El enemigo público hasta los de El Padrino, Uno de los nuestros o Infiltrados, nos avisan que pese a las glorias y farras de la vida delictiva, el crimen se acaba pagando. Que aunque el sistema sea corrupto y cínico al final te hace pagar un precio alto por tus pecados.

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sabemos, como decía aquel tango que cantaba Escobar en la ducha. Ese “Cambalache” que describió Enrique Santos Discépolo allá por 1934 está más presente que nunca en el mensaje que lanza la tercera temporada de Narcos. Muerto y enterrado Escobar y con el cártel de Medellín tocado y hundido, emerge el cártel de Cali como rival a destronar. Seguimos “revolcaos en un merengue” tremebundo que nos enseña que ese conflicto infinito apodado “guerra contra las drogas” es como la mitológica Hidra: cuando se le corta una cabeza, le crecen dos nuevas. Bueno, más bien cuatro: Los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez, Pacho Herrera y Chepe Santacruz.

narcos“Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”, decía el tango. “Es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador, ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!” seguía. Con lo visto en el Cali de Narcos estas estrofas no podían resonar más fuerte. Los cuatro nuevos patrones se vanaglorian de ser distintos a Escobar y a su estilo más salvaje y “campechano”. Ellos son cercanos al poder, tienen estilo “pijo” y conexiones que les proporcionan vía libre, pero sus respectivos destinos evidencian que todo es igual y nada es mejor. En el “cambalache” del narcotráfico no se permiten grietas y las lealtades son efímeras, como demuestran personajes clave como Jorge Salcedo o Guillermo Pallomari, al que interpreta un magistral Javier Cámara.

Que no se engañen los patrones pues son la misma escoria que Escobar y aunque el status quo los tolere y hasta ayude, a la postre los asimila y persigue como al mismo Escobar. De una forma u otra. Y aquí entra el otro gran acierto de la nueva temporada: el empleo del agente Peña –el mucho más carismático Pedro Pascal– como el polo opuesto necesario en este reset purificado y extremado. En este nuevo planteamiento, el héroe debe estar despojado de todo adorno y cumplir la única función que justifica su existencia. Fuera las tramas personales, solo importa su naturaleza más básica: Peña es un cazador de criminales al que lo único que lo mueve como persona es su propio sentido de la justicia y por ende, es ya lo único que lo justifica como personaje. Con él, Narcos ha redondeado su propia fórmula del éxito, sin pasos en falso, las ideas claras y con todos los ingredientes que sus fieles adictos pedimos de ella. La demanda sigue alta, queda por ver cómo será el próximo suministro.

Escrito por Guillem F. Marí en octubre 2017.

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