Cuando mi madre me hizo un spoiler

Los verdaderos expertos en series

Cuando mi madre me hizo un spoiler

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Era un domingo de invierno. El sol brillaba y los pajaritos cantaban felices. Estaba haciendo el café en casa de mis padres: “hihi”, “haha”; “¿quieres una copa?”; “muy bueno el pollo, mamá”; “¿cómo van los artículos de series?”; “ah, hablando de series…” y de pronto: ¡BOOM! Las nubes taparon el sol. Los pajaritos callaron. Mi madre me había hecho un spoiler.

YO, que me creía un Dios seriéfilo. Que pensaba que lo había visto todo. Que lo sabía todo. Que tenía memorizados más de cien diálogos de Los Soprano o de Narcos. ¡Gonorrea malparido! YO. Que fui el primero en recomendar Perdidos a mis amigos. YO. Que no iba a dormir hasta que no veía el último episodio de Juego de Tronos. YO. Que escribo artículos en una revista de series. YO. Sí, yo. Yo me quedé con la cara de un capibara con insomnio el día que mis padres empezaron a hablar de series cuyo título no había escuchado en mi puñetera vida.

La primera vez que mis padres me dijeron que habían empezado a mirar Sherlock esbocé una sonrisilla condescendiente. “Míralos, qué monos”, pensé. “Han empezado a ver series”. En el pasado, cuando tenían un rato libre por las tardes o los findes, mis padres acostumbraban a leer o mirar alguna película. Ahora aún siguen leyendo pero han sustituido las películas por las series. Y tenían suerte de contar con un hijo experto en ello. Les dije que cuando acabaran con Sherlock que me avisasen, que les recomendaría alguna serie. Tampoco quería agobiarles. Cuando se empieza con eso de las series lo mejor es ir de una en una.

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Un capibara con insomnio

Por fin llegó el día en que mi padre me dijo: “Ya hemos acabado. ¿Qué podemos mirar ahora?”. Me froté las manos y lancé mi recomendación. Una de fácil, nada complicado, pero apasionante y construida como pocas. Al ser la segunda serie que verían no quería parecer pedante y machacarles con la densidad de A dos metros bajo tierra. Opté por una serie de estas que entran bien, que te mantienen en vilo y te enganchan hasta el final. Una serie de la que ya he hablado otras muchas veces, una de las mejores series de la historia. Les recomendé Breaking Bad. Cuando pienso en la respuesta de mi padre, aún me tiemblan las piernas.

Mi padre sonrío y miró a mi madre. “Ah sí, la empezamos hace unos meses pero a tu madre no acabó de gustarle. No acabó de entrar en la serie”. ¿Hay un médico en la sala? ¡Desfibrilador! ¡Lo estamos perdiendo! Piiiiiiiiiiiiip… Cuando estaba a punto de desmayarme mi padre contraatacó diciéndome que habían empezado a ver FULANITA y que ya habían terminado la tercera temporada de MENGANITA. Me preguntó si las conocía. Ambas, Fulanita y Menganita, eran series que no se encontraban en la Wikipedia de mi cerebro. Esta vez esbocé una sonrisilla falsa y asentí con la cabeza, como cuando viajas al extranjero y no entiendes ni papa de lo que te dice algún habitante autóctono.

Fue de esta manera que descubrí, gracias a mis padres, un sinfín de series nuevas. Desde una producción de serie B checoslovaca a una miniserie documental coreana. Pero lo que descubrí fue otra cosa. Que de alguna manera las series han sacado lo peor de nosotros. Han despertado a nuestro ser más soberbio y pedante. Ese duende que se enorgullece de ser el primero en ver el piloto de la nueva serie de HBO; que tiene Netflix en veinte dispositivos; que se pone cachondo con la puesta en escena de un episodio de Aaron Sorkin; que no aguanta que alguien diga que J.J. Abrams está acabado; que suelta spoilers sólo para joder. El baremo de nuestros padres mantiene una brizna de humildad que todos los seriéfilos hemos perdido: “Me gusta” o “no me gusta”. Y punto. A diferencia de nosotros, ellos no van de guais. No hablan de series. Solamente las disfrutan.

“Descubrí que de alguna manera las series han sacado lo peor de nosotros. Han despertado a nuestro ser más soberbio y pedante”

Tendemos a ver a nuestros padres como entes ajenos a la modernidad, figuras estáticas que no se suman al carro de lo trending sino que parecen rechazarlo. A nuestros ojos son cavernícolas con taparrabos. No tienen Twitter. ¡Qué carcas! No obstante fueron ellos los primeros en ver el estreno mundial de Twin Peaks o en oír las risas enlatadas de Los Roper por primera vez. Vivieron los percales familiares de Dallas en directo. Conocían Allo, ‘Allo! antes de que saliera en DVD. Se tragaron todas las temporadas de Ironside. Empezaron a sumar horas de visionado seriéfilo con Las Aventuras de Rin Tin Tin, o incluso mucho antes. Recuerdan con nostalgia Yo Claudio, Vacaciones en el mar y , minsitro.

Expertos en series del mundo, ¿por qué no dejamos de dar por saco con las series y hacemos como nuestros padres: las gozamos y punto? No las analicemos. No nos discutamos porque ese tipo de ahí, sí, el que lleva gafas de pasta con la montura blanca, sí, sí, ese cabrón, haya dicho que el guion del tercer episodio de la quinta temporada de yo qué sé qué serie es malo.

Adoptemos el baremo de nuestros progenitores. O nos gustan o no nos gustan. Y respetemos la opinión de los demás sin querer parecer doctorados en series. Al fin y al cabo no llevamos ni la mitad de series a nuestras espaldas que ellos. Los verdaderos expertos en series ya andaban por el mundo antes de que nosotros naciéramos. De hecho, fueron ellos quienes nos trajeron a este mundo para que nos hiciéramos los listillos una vez tuviésemos edad suficiente.

Y ahora nos han pasado la mano por la cara sin que nos diéramos cuenta. Y aquí seguimos, con nuestra cara de capibara con insomnio.

Escrito por Aniol Florensa en enero 2017.

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