Cuando ‘House of cards’ saltó el tiburón

El declive de la serie de Frank Underwood

Cuando ‘House of cards’ saltó el tiburón

House of Cards Jumping the shark Guillem F. Marí Serielizados

La última temporada de ‘House of Cards’ anuncia el declive de la serie y recupera una expresión seriéfila mítica en tiempos de “binge-watching”.

La quinta temporada de House of Cards llegó pero apenas dejó esa sensación de triunfo que estaba acostumbrada a dejar. Pasó de largo entre el torbellino inmenso de estrenos, cancelaciones polémicas, finales y empachos seriéfilos de los últimos meses y uno se pregunta: ¿Cuál ha sido el impacto ha tenido esta reciente quinta temporada?

Estrenar una serie política o con tintes políticos en los inicios de la era Donald Trump conlleva consigo un conjunto de retos, complicaciones e incertidumbres que House of Cards no ha sabido llevar. El desconcierto que esta nueva presidencia provoca no es fácil para el, o la, showrunner que se preste. Veep se ha visto obligada a dar una vuelta de 360 grados sobre sí misma con la que ha conseguido ser fresca, original e igual de divertida en su sexta temporada. En South Park, después del varapalo de la victoria de Trump y el cambio de planes a última hora que ésta supuso, hasta Parker y Stone admiten que no saben cómo superar la hilaridad de la presidencia real en su actual trama política.

A House of Cards, este drástico giro de la realidad política le pilló a contrapié, en pleno proceso de rodaje y con un cambio de showrunners para esta quinta temporada. Melissa James Gibson y Frank Pugliese entraron como recambio de Beau Willimon, que prefirió volver a Broadway. Quizás esto explica el declive vivido en esta nueva temporada. La pareja de showrunners decidió ser “más papista que el Papa” o en este caso “más Underwoodiano que los Underwood” y en el proceso, se pasaron de frenada. Puede que fuera una reacción inevitable. Puede también que en el momento de poder hablar de temas de tanta actualidad como la manipulación de la democracia o el hackeo de elecciones, la tentación para imaginar una presidencia ultra maligna y recrearse hasta el fetichismo más extremo, en las fechorías de los Underwood, fuera muy grande. Las muertes y asesinatos de personajes clave han resultado esta vez demasiado retorcidas, baratas y sobre todo, muy previsibles. Hasta ahora, ver a Frank, Claire o Doug Stamper mancharse las manos de sangre tenía su punto sofisticado y maquiavélico, con ese aire a drama shakesperiano que tan bien le sentaba a House of Cards. La poca organicidad con la que estos crímenes han aparecido en las tramas de la quinta temporada le restan sofisticación a la serie y la acercan más a terrenos de culebrón de soft-porn.

Muy preocupante; da la impresión que lo que empezó como una versión retorcida y crítica del matrimonio Clinton se ha ido subvirtiendo de forma rocambolesca -y poco verosímil a estas alturas- hasta convertirse en la plasmación de las fantasías más tremendistas de aquellos que ven en Trump/Underwood la encarnación en la Tierra del mismísimo diablo.

O puede que quizás haya una explicación del descalabro de esta quinta temporada, la que expondré a continuación, más sencilla y natural, menos preocupate y por encima de todo, más divertida. Una explicación -¿o es un consuelo?- que recupera para el siglo XXI una expresión de los seriéfilos de toda la vida y que tiene su origen en el tercer episodio, precisamente de la quinta temporada, de la mítica sitcom de los 70, Happy Days: Saltar el tiburón (o “to jump the shark”)

Durante 11 temporada, Happy Days, creada entre otros por Garry Marshall (Pretty Woman, Princesa por sorpresa), fue la sitcom favorita de la américa nostálgica de los 50. Una serie que lanzó a la fama a Ron Howard en su etapa de actor, a Scott Baio y Pat Morita y que sobretodo, convirtió en ídolo a Harvey Winkler y a su caradura “Fonzie”, el protagonista de este infame momento que acabáis de presenciar. En un episodio que cerraba un arco de tres partes con la familia protagonista visitando Hollywood, la trama de “Fonzie” pasaría a la historia de la televisión yanqui. “Fonzie”, un macarrilla con encanto que se dedicaba a salir airoso de numerosas aventuras y apuestas se retaba aquí con unos saltadores de esquí acuático para conseguir lo imposible: saltar sobre un gran tiburón.

Aquella hazaña y su ridícula puesta en escena supuso un antes y un después en la serie. Un aviso a navegantes que anunciaba la falta de ideas tras tanto éxito y preveía temporadas de repetición de fórmulas e intentos llamativos para recuperar espectadores. Sin ir más lejos y a modo de curiosidad ilustrativa, aquella quinta temporada también vivió la llegada de un extraterrestre en sus tramas, por expreso deseo del hijo pequeño de Garry Marshall (sic). Sin embargo, el papel de extraterrestre recayó en un cómico poco conocido en aquel entonces, Robin Williams. Su genio desbocado convirtió esa idea loca en un éxito loco con spin off incluído, Mork and Mindy.

“”Saltar el tiburón” marca el declive de una serie y significa la pérdida definitiva de su encanto”

Volviendo al tema, ese “saltar el tiburón” marcó para muchos el inicio del ocaso en esa serie, pero sobretodo, a partir de entonces supuso una imagen icónica; metáfora perfecta para ilustrar ese momento en el que tu serie favorita muestra signos de fatiga argumental. “Saltar el tiburón” marca el declive de una serie y significa la pérdida definitiva de su encanto, o como diría Austin Powers, de su “mojo”. La expresión “jump the shark” pasó a formar parte así de la jerga seriéfila norteamericana y llega hasta nuestros días de streaming i “binge-watching”, como nos recuerda hoy House of Cards. En internet es fácil encontrar listas con esos episodios, tramas concretas o escenas rocambolescas que dan inicio al declive: Las idas y venidas de Rachel y Ross en Friends. La marcha de un personaje querido como Mulder en Expediente X o Charlie Sheen en Dos Hombres y Medio. Una tensión sexual no resuelta que se resuelve (véase Luz de Luna). O cuando un personaje querido reaparece de la noche a la mañana sin gran explicación, como ese mítico retorno de Bobby Ewing en la ducha para revelar que toda una temporada de Dallas fue un sueño. Vaya, que ejemplos hay muchos. Series como Prison Break o Lost vivieron más de uno y de dos y tres “saltos”. Y aquí, “Los Serrano” se erigió como todo un máster en “saltar el tiburón”.

Ahora sí, ya se puede decir que Netflix ha entrado de lleno en la historia de la ficción televisiva y se ha hecho mayor, “saltando el tiburón” en la temporada menos lucida de House of Cards. Ya véis, incluso a día de hoy, las series de prestigio pueden sucumbir a este fenómeno. Ni los algoritmos de Netflix están a salvo de evitar más “saltos” en el futuro. Así pues, y respondiéndome la pregunta inicial, lo más relevante que ha conseguido la quinta temporada de House of Cards ha sido recuperar y actualizar esta expresión tan infame como entrañable. Por mucho que encontrara su nombre en los 70, “saltar el tiburón” venía ya de lejos y forma -y formará- parte de los vicios y tentaciones en los que una serie de ficción larga y de carácter comercial, puede caer. Quizás es algo inevitable que hay qe hacer, como reconocía “Fonzie” en Happy Days al ser preguntado sobre porqué iba a saltar -literalmente- el tiburón: “Stupid, yes. Also dumb. But it’s something I gotta do”.

Escrito por Guillem F. Marí en julio 2017.

Ver más en America First, Despacho Oval, Muerte por hype, House Of Cards.

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