Cuando éramos adolescentes

Aquellos ¿maravillosos? años

Cuando éramos adolescentes

¿Quién nos hacía sentir mejor que aquellos que tenían los mismos problemas, las mismas dudas y los mismos granos (bueno, justamente eso no) que nosotros? Los protagonistas de las series que llenaban nuestras asquerosas y aburridas tardes de pubertad.

Llevo tiempo intentando enfrentarme a este artículo. Dándole vueltas en la cabeza a cómo puedo tratar el tema de la adolescencia en las series, buscando un hilo conductor, una estructura o cualquier cosa similar. Después de varias noches sin dormir, de un día entero sentada frente a la pantalla del ordenador observando cómo se actualiza mi timeline de Facebook y tras haber visto más veces de las que quiero reconocer públicamente el final de Dawson Crece, he llegado a una conclusión: es imposible que le encuentre un orden, ni tampoco un sentido, a algo relacionado con los adolescentes, porque no hay nada tan insoportable, tierno, odioso, entrañable, abominable y caótico como un adolescente.

“Poemas cuyas rimas básicas eran “amor-dolor, soledad-verdad, tristeza-tristeza”, pósters de Leo Dicaprio y el club de fans de Hanson”

Aunque ya hace más de una década de mi época dorada como adolescente (gafas estilo Harry Potter, granos en al menos cinco puntos clave de la cara y una media de tres discusiones diarias con a)mi madre b)mi mejor amiga c)el mundo entero (encarnado en mi madre y mi mejor amiga), uno de los recuerdos más vivos que tengo de mi propia edad del pavo son las series que consumía en aquellos tiempos, casi como si fueran parte de mi vida; deseando, de hecho, que lo fueran. Sentada en el sofá de cuadros de la sala de estar de mi casa, con un vaso de Tang en una mano (que me bebía pensando que llevaba alcohol para sentirme más salvaje y rebelde) y una cajita de “Lunchables” en la otra, nada me hacía sentir más libre, más feliz y, sobre todo, más comprendida que Las gemelas de Sweet Valley. No, no tengo ninguna hermana gemela, pero la bipolaridad que caracteriza a toda persona entre los 12 y los 18 años me otorgaba el derecho, incluso la obligación, a sentirme reconocida en Jessica y Elizabeth Wakefield. Qué envidia sentía de aquellas tardes que se alargaban hasta la noche en ese diner en el que no pasaban las horas mientras Elizabeth encontraba la enésima razón para dudar de Todd y su hermana se las ingeniaba para urdir algún maquiavélico plan que no llevaba nunca a ningún sitio. Pero mi vida no tenía nada que ver con aquello. Ni diners, ni novios, ni hermanas malas malísimas que hicieran que mi existencia valiera la pena. Tan al borde del suicidio como cualquier otra quinceañera (es decir, sin ni siquiera planteármelo pero fingiendo estar todo el día pensando en ello), pocas personas eran capaces de sacarme del agujero de incomprensión en el que me sentía atrapada entre poemas cuyas rimas básicas eran “amor-dolor, soledad-verdad, tristeza-tristeza”, pósters de Leo Dicaprio y el club de fans de Hanson que yo misma había fundado.

“Dawson Crece tenía todo lo necesario para cautivar a todo imberbe y a toda empollona: triángulos amorosos, problemas familiares y, cómo no, un protagonista que no se avergonzaba de llorar”

Y cuando digo pocas personas, digo pocas personas: Pacey, Joey y Dawson, para ser más concreta. Si algo cambió de manera determinante mis años de pubertad y, por tanto, mi futura vida adulta, no fueron ni los aparatos, ni las Martin’s, ni los collares que se pegaban al cuello a modo de tatuaje. Fue Dawson Crece. No miento cuando digo que tenía una amiga (una visionaria de la piratería) que cada semana me grababa en VHS el capítulo que emitían en el Plus de la serie y que llegué a conservar todos los VHS en la estantería más sagrada de mi habitación (donde estaba también la edición de lujo de Titanic (entiéndase de lujo como que incluía una caja de dimensiones desproporcionadas, escenas eliminadas que nadie quería ver después de 3 horas de dramón y postales de la peli que seguramente me sirvieron para forrar una carpeta), que me compré el cd de la banda sonora de la serie en un viaje escolar a Barcelona y que la muerte de Abby Morgan fue uno de los momentos más traumáticos de mi vida. Puede que fuera cursi, previsible y a veces insulsa, pero Dawson Crece tenía todo lo necesario para cautivar a todo imberbe y a toda empollona: triángulos amorosos, problemas familiares y, cómo no, un protagonista que no se avergonzaba de llorar, un pozo sin fondo de sentimientos y lirismo mezclados con tedio y ansias, un verdadero adolescente, de esos a los que querrías dar un buen abrazo después de meterles una paliza histórica con un palo lleno de clavos. Pero eso es ahora, porque por aquel entonces mi duda no era si odiaba o quería a Dawson Leery: el dilema era si me gustaba más o menos que Pacey Witter, si prefería a Joey o a Jen, si estaba enamorada o no de Jack, el hermano gay de Andie y, por encima de todo, si Creek realmente significaba Crece y qué puñetas hacía el genitivo sajón en la versión original del título.

dawson-crece

sensación-de-vivir-series-tv-serielizadosY no era Dawson Crece el único nombre de serie que me planteaba dudas realmente trascendentales para mi existencia: ¿a qué se refería exactamente Sensación de vivir? Nunca llegué a pensarlo demasiado porque justo cuando me venía la pregunta a la cabeza empezaba a sonar la única banda sonora capaz de provocarme hoy en día un verdadero ataque de morriña. Brandon y Brenda, Brenda y Brandon, y Dylan. Y Kelly. Y Steve. Y Donna. Y David. Y Andrea. Bueno, Andrea no. Siempre hay, en toda serie, y más en series por, para, desde, de y todas las preposiciones que existen, adolescentes algún personaje que, uy, chirría. Y a mí Andrea no me convencía, me daba pereza y me ponía un poco los pelos de punta. Como la idiota que iba conmigo a repaso de inglés y se sabía de memoria todas las canciones de “Ella Baila Sola”. Sólo que a Andrea podía llegar a tolerarla porque el resto de la serie era perfecta, como la vida tendría que ser, pensaba yo. Tan idealizada tenía yo 90210 que no sólo conservaba como un tesoro el Ken Brandon que mi hermana mayor me había legado (y que tuvo que ir en silla de ruedas sin ruedas durante años porque mi perrita le arrancó las piernas, lo JURO) sino que ahora mismo me es más fácil acordarme de la sala de estar de casa de los Walsh que del apellido de cualquiera de los profesores que tuve en el instituto. Y, de hecho, las series que consumí me marcaron tanto que cuando pienso en mi instituto soy capaz de transformar el decrépito edificio en el que estudié en el maravilloso complejo de The O.C y, en mis recuerdos, mis días de bachillerato tuvieron lugar en el paraíso. Porque compartir noches con un ex-ladrón con más pinta de pijo que de macarra y el freakie más guapo de la historia de la televisión ES la definición de paraíso, aunque te obligara a plantearte a qué protagonista de serie te llevarías a una isla desierta. Otra vez los dilemas, sí, pero otra vez aparece mi yo adolescente para recordarme que si no hubiera sido por The O.C nunca habría sentido interés por el mundo del cómic (un interés que duró menos que la carrera de Aaron Carter) y para obligarme a recopilar en una breve lista tantas otras cosas que les debo a las series de adolescentes que me hicieron olvidar, al menos un rato cada día, que el universo entero conspiraba contra mí, encarnado en mi madre y en mi mejor amiga:

-Con Salvados por la campana, decidí que mi objetivo en la vida era encontrar a mi propio Screech.

-Con Compañeros, supe por primera vez qué significaba sentirse completamente aislada al ser la única de clase que no la veía.

-Con Nada es para siempre, supe por segunda vez qué significaba sentirse completamente aislada al ser la única de clase que sí la veía.

-Con Sabrina, cosas de brujas, fui consciente de que había personas con una vida infinitamente menos apetecible que la mía.

Porque aunque todos hayamos encontrado ya un desodorante que sí nos funciona, tengamos guardados en un cajón los cds de las galas de Operación Triunfo y hayamos empezado a asumir en quién se ha convertido Kirk Cameron, el seriéfilo que somos hoy le debe mucho más de lo que creemos al adolescente que fuimos, tanto como los adultos del mañana le deberán a Física o Química, Gossip girl y Glee. Ahí lo dejo.

PD: Siempre lo tuve claro: me llevaría a Pacey, Seth y Brandon, por este orden. O quizás Seth, Pacey y Brandon. No, Seth, Brandon y Pacey. BAH, ME LLEVARÍA A DAWSON, ¿OK? ALGUIEN TIENE QUE DARLE UNA OPORTUNIDAD.

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Escrito por Cati Moyà en mayo 2014.

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