Abran paso a los hijos

Sobre 'El Ministerio del Tiempo'

Abran paso a los hijos

julian, amelia y alonso Abran paso a los hijos marc renton serielizados

¿Qué hace de ‘El Ministerio del Tiempo’ una serie revolucionaria? A lo mejor la respuesta no está solo en ella, sino en el contexto que la rodea: analizamos una serie destinada a marcar el futuro de nuestra ficción, que actualiza la forma de narrar como nunca antes se había hecho.

Empecemos con polémica: en España siempre se han hecho series de televisión interesantes. Desterremos el lugar común que convierte nuestro país en un absoluto vertedero para la ficción serial, porque estaríamos pecando por omisión: para empezar, siempre ha habido destellos ilusionantes, pequeñas trayectorias finiquitadas poco después por el absurdo poder ejecutivo que controla las ondas españolas, ese que siempre ha puesto la productividad por encima de la creatividad. Por citar un par de modelos a tener en cuenta, pensemos en ese laboratorio de experimentación melodramática, siempre interesado por representar la nostalgia de la manera más barroca posible, en el que se ha convertido Cuéntame, con más puntos interesantes de los que la gente cree, o en el intento de Canal + por ponerse a la altura internacional con maravillas como Crematorio o ¿Qué fue de Jorge Sanz?, drama y ¿comedia? respectivamente. Claro, sí es cierto que el resto del panorama no es muy halagüeño, aunque despreciar series estéticamente notables como Mar de Plástico o Velvet por ser mercenarias del gusto comercial más chabacano tampoco sería justo: cada año se producen al menos cinco o seis formatos de ficción con algunos puntos a su favor. Pero qué pereza dan, ¿no?

Quizás es que el problema no reside simplemente en la calidad intrínseca de los contenidos, sino en una descompensación en relación al contexto televisivo general. En efecto, y desde hace décadas -desde los ochenta, desde la irrupción de las cadenas privadas y la pérdida de esperanza en las ficciones de servicio público o artísticas- nuestras series viven en el pasado: no son necesariamente malas, pero sí son de otra época. Huelen a rancio. Sus guiones son eficaces, los hemos visto mil veces. Todo aparece impostado, robado de tradiciones extranjeras -la americana mayormente, pero también la europea- en las que funcionó mejor, simplemente porque era nuevo y estaba narrado con pasión. De este mal participan productos tanto de calidad notable como nefastos bodrios, pero podemos estar de acuerdo en que es una epidemia muy, muy generalizada: si algo ha funcionado ya, ¿para qué cambiarlo?

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“Las series españolas: no entienden el rumbo del presente. Ni se animan a introducir la política o sociedad y a hacernos pensar históricamente, ni nos proponen estructuras narrativas novedosas”

Cuando Truffaut y compañía se liaron la manta a la cabeza para cambiar la historia del cine, allá a finales de los cincuenta, denunciaron el cine francés que se hacía en el momento como cinéma de papa, como un cine acomodado, con olor a naftalina, anclado en técnicas clásicas y argumentos tradicionales, en el que la individualidad del creador o de la película quedaban diluidas en favor de una industria controlada por gente que había perdido el pulso del presente. Este mismo diagnóstico, aplicable a muchos momentos de crisis en la historia del arte, se puede utilizar para hablar de la sempiterna situación de las series españolas: no entienden el rumbo del presente, ni histórica ni culturalmente. Ni se animan a introducir la política o sociedad y a hacernos pensar históricamente, ni nos proponen estructuras narrativas novedosas.

Por todo esto, es casi poético que El Ministerio del Tiempo, la serie que ha venido a traer la ficción televisiva española al presente, y de paso a ganarse el favor general del público -y sobre todo de la crítica, cosa poco frecuente-, trate precisamente sobre eso: sobre viajes en el tiempo. Porque no, no es la primera serie española buena -¿es que nadie se acuerda de Chicho Ibáñez Serrador, de Verano Azul?- sino, más bien, la primera serie española verdaderamente contemporánea. ¿Por qué? Porque entre otras cosas se preocupa por una dicotomía imbricada ya en su ADN: por trabajar los conceptos de Historia y de historia. Por ayudarnos a entender el presente gracias a reflexionar sobre el pasado y por ofrecernos algunos de los guiones más sorprendentes emitidos nunca en nuestro país.

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“Consiguen transmitir al público el significado de cada período, usan la capacidad de viajar en el tiempo como puerta de entrada a una reflexión sobre el modo en que entendemos nuestra Historia”

Imaginemos que el primer término, Historia, se refiere al grado de cuidado de los responsables de la serie a la hora de, no solo ser meticulosos y responsables al representar todas las épocas de nuestro país -cosa que hacen de manera sobrada, al estar capitaneados por historiadores- sino también de conseguir transmitir al público el significado de cada uno de estos períodos, la capacidad de viajar en el tiempo como puerta de entrada a una reflexión sobre el modo en que entendemos nuestra Historia, como un cuarto de juegos en el que experimentar con nuestra relación con el pasado y el presente de nuestro país. Así, es sintomático que el primer episodio de la segunda temporada trate sobre el Cid Campeador, mito fundacional del país, y el debate entre realidad y ficción que en torno a él pueda construirse: ¿dónde acaba el mito y empieza la realidad? ¿El Cid fue un héroe o lo convirtió en un héroe la literatura posterior? ¿Nuestro país está construido sobre la Historia o sobre un montón de leyendas orales que alguien decidió pasar a escrito hace siglos? Son cuestiones complejas pero que se presentan de una manera muy bien integrada en la trama,  y este tipo de potentes reflexiones trufan los episodios de una manera nunca antes vista en nuestro país. El Ministerio del Tiempo consigue hacer no solo pedagogía sobre la Historia y recuperar el concepto de la ficción como educación, sino también que nos preguntemos sobre nuestra forma de entenderla. Consigue, en resumidas cuentas, ser la primera serie emitida en la televisión pública con una base conceptual tan potente.

Hablemos ahora de la historia en minúsculas, de la capacidad de los guionistas para construir episodios apasionantes y originales, cargados de personajes interesantes, que nos hagan querer volver semana tras semana al sofá para entrar en un ritual que muchos ya habíamos abandonado: ver un programa en directo, en su estreno. Todo esto, obviamente, se da por sentado en muchas de las series internacionales que nos van llegando de EEUU y Europa, porque sus guionistas cuentan con una sólida base de recursos, no tienen miedo de usarlos y, sobre todo, poseen un respeto inmenso por sus historias y personajes y se esfuerzan por pulir hasta el más mínimo detalle a la hora de construir un universo de ficción coherente y complejo. Son buenos guionistas. ¿Es que no los había en España? Sí. El problema es que no les dejaban serlo, salvo en contadas excepciones. Como decíamos, la mayoría de los encargados de dar luz verde a las ficciones en nuestro país son gente muy cobarde, que piensa en términos económicos antes que artísticos: el resultado son pastiches infinitos, con presupuestos o demasiado pobres o exageradamente hinchados, como mera maniobra publicitaria. Hacían falta responsables valientes, y por fin parece que han llegado: el mérito de El Ministerio del Tiempo es tanto de los que la producen como de los que están permitiendo que se emita. Los que, por cierto, la renovaron porque confiaron en ella.

amelia, pacino y alonso Abran paso a los hijos marc renton serielizados

“Tienen un inmenso respeto por lo que cuentan y confían en nuestra inteligencia para que vayamos atando cabos”

Así pues, trabajando en libertad, los guionistas pueden brillar. Y así sucede episodio tras episodio, con tramas que a veces pecan en su complejidad pero que en otras ocasiones consiguen equilibrar todos los elementos de una manera que es como maná en nuestro panorama televisivo. Tienen, como decíamos, un inmenso respeto por lo que nos están contando y confían en nuestra inteligencia para que vayamos atando los cabos. Se esfuerzan, y confían en que entraremos en su mundo cada vez que nos den la mano al inicio del episodio y nos inviten a entrar en un terreno de pruebas narrativo inimaginable hace solo unos años en la televisión pública española. Se atreven a introducir un lenguaje que oscila entre lo callejero y lo literario, a juguetear con personajes cargados de una profunda melancolía que no se esfuerzan cada minuto por explicarnos exactamente lo que está sucediendo en sus cabezas, a proponer el azar y una cierta ironía como base de muchas tramas, a introducir constantes referencias a películas, series, libros, cómics… que anclan la serie a la cultura popular que la rodea de una manera también completamente novedosa en nuestro territorio… A no tratarnos como estúpidos, vamos.

Porque en su relación con el público, El Ministerio del Tiempo, también es contemporánea: entiende que ya no nos basta con el episodio, sino que queremos que nos ofrezcan un Universo. Que Internet ha propiciado la comunidad de fans como extensión real de la ficción, y que gran parte de la magia de la ficción contemporánea de éxito consiste en eso: en que, entre todos, podamos ir desentrañando un mundo muy amplio que podría estar escrito en las páginas de esa enciclopedia potencialmente infinita que es la Red. Nunca antes una serie española había tenido una comunidad fan tan activa y dada a la especulación, a la generación de nuevos contenidos y a la relación constante con sus creadores: y es por aquí por donde tiene que pasar, sin duda, la televisión que nos espera en nuestro futuro conectado.

marc virgil y javier olivares Abran paso a los hijos marc renton serielizados

“Afortunadamente, se trata de unos hijos que, más que rebelarse de manera vacía contra lo anterior, quieren corregir los errores cometidos”

Los padres, en fin, parece que han dejado algo de paso a unos hijos rebeldes, algo iconoclastas, liderados por el sorprendente showrunner patrio Javier Olivares, que están poniendo las cosas patas arriba. Pero, afortunadamente, se trata de unos hijos que, más que rebelarse de manera vacía contra lo anterior, quieren corregir los errores cometidos: quieren elevar la ficción televisiva de mero entretenimiento de derribo a pieza capaz de integrarse en una tradición cultural, literaria y audiovisual muy española, y que se había olvidado: la del juego y la ruptura, la del metalenguaje, la de la autoconciencia del discurso y el formato en que se inscribe. ¿No era Don Quijote de la Mancha todo esto? Engaño, trampantojo, mise-en-abyme…

Las comparaciones con series como Doctor Who son muy acertadas, ya que se trata de un referente ineludible, pero la diferencia es crucial y se deja sentir a cada paso que dan Alonso, Amelia y Julián: al igual que aquella ha conseguido combinar lo british con algo tan improbable como la ciencia-ficción y la fantasía temporal, El Ministerio del Tiempo ha hecho lo propio con algo muy nuestro, algo muy español. Si al final en las aventuras espacio-temporales de la serie británica sentimos el eco constante de la historia inglesa, simbolizada en un tipo que, vaya a donde vaya, llevará siempre su elegante vestimenta, su cabina profundamente británica y sus ganas impolutas de instaurar el orden en el caos -pensemos en las colonias, en el impulso inglés por querer controlar el mundo, en sus funcionarios bebiendo té y vestidos impecablemente en medio del caos de La India-, El Ministerio del Tiempo consigue actualizar esa sombra proveniente del pasado que nos persigue como nación, esa cadena de conflictos internos y externos, de errores históricos e injusticias, que nos llevó de dominar el mundo a quedar convertidos en un puñado de funcionarios con ínfulas, rodeados de ruinas. Pues cualquier tiempo pasado es glorioso en este ministerio, desata la aventura y anima a los personajes, en contraposición a un presente que es sucesión de despachos y pasillos, de amargura e improvisación. E igual que nosotros, ellos viven siempre instalados en una tensión irresoluble: la de preguntarse si cambiar ciertas cosas del pasado de nuestra nación nos habría llevado a un lugar mejor como país.

Escrito por Ricardo Jornet en febrero 2016.

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